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Por qué, cuando idealizas a alguien, siempre te pegas el batacazo

Pareja enamorada en la cocina

Qué bonito es idealizar a alguien, oye. Subir a esa persona a un pedestal, montarte una película de colorines y fuegos artificiales, imaginarte comiendo perdices a su lado…

Hasta que, ¡catapum!, te despiertas de la fantasía.

Y no lo dudes que, cuando has idealizado a alguien, te vas a despertar, SI o SI.

Te pongo en situación: conoces a alguien muuuuy guay.

Tiene tres cosas que te encantan (por decir algo, que está muy pendiente de ti, que tiene mucha vida social y que le gusta la playa).

Y, como ahora mismo tiene esas tres cosas, tú generalizas y te cuentas que encaja a la perfección en tu perfil de pareja ideal, porque es así, y así y asá y esto y lo otro, y lo de más allá…

Es decir, de tres cosas puntuales, haces una generalización de tooodo lo que es la persona. Así que, como ese tooodo que te has montado te encanta, le eliges como el hombre de tu vida.

Y todo es ideal de la muerte hasta que un día deja de serlo. Y te das cuenta de que esa persona no es ni así, ni así, ni asá, ni esto, ni lo otro…

Pero como ya le habías elegido, como ya le habías puesto el título de “el hombre de tu vida”, pues ni loca le quieres soltar. Así que, o bien te frustras y te aguantas, o bien peleas para que cambie y vuelva a encajar en la película que te habías montado.

Este es, así a modo resumido, el proceso de idealización del otro con el que nos pegamos batacazos a tutiplén.

Y así es como hay parejas que llevan media vida juntas, esperando a que el otro vuelva a encajar en el ideal en el que le habían metido al principio de la relación…

Por ejemplo, que me decía hace poco una coachee: “es que mi pareja no decide nada, no resuelve nada, deja que los problemas se queden ahí hasta que se hacen más grandes o hasta que los resuelvo yo. Llevamos así años, y por no discutir me lo voy tragando, porque pienso que igual es que soy demasiado exigente”.

Pues no, no es que seas demasiado exigente. O sí, eso da igual. La cosa es que tu necesidad es que el otro sea resolutivo. ¡Y esa necesidad es legítima! La pregunta es, si eso es tan importante para ti, ¿por qué no lo tuviste en cuenta desde un principio?

Ya te lo digo yo: porque, al principio, solo vemos la luz del otro… Y, si no sabemos ver también las sombras y nos creemos que todo son luces, nos terminamos quedando donde no es, y esperando que todo vuelva a ser tan idílico como al principio.

Si es tan malo, ¿por qué idealizamos?

Te digo los motivos que se me ocurren a mí:

1.Porque confundimos el amor verdadero con la excitación de los comienzos.

Porque nos creemos que ese subidón del principio es señal de que es la persona correcta.

Y no, resulta que toda esa explosión de felicidad y ese sentir que has venido a este mundo para encontrarte con esa persona, no tiene nada, pero que nada, ¡de nada!, que ver con que esa historia tenga futuro.

Dicho de otra manera: no hay ninguna relación directa entre el super subidón del enamoramiento y que esa persona de verdad encaje contigo (otra cosa distinta es que tú te empeñes en que sí).

2.Porque elegimos desde nuestras carencias.

Es decir, no veo al otro real, sino al ideal que yo me monto en base a que tiene eso de lo que yo carezco. Y, como yo no me siento una persona completa, elijo a alguien para que me complete.

Por ejemplo, si yo me considero una persona insegura y veo que el otro es muy prepotente o que va mucho a su aire y parece que no necesita a nadie, pues asumo que es una persona segura, e idealizo que él tiene lo que me falta a mí.

3.Porque tenemos demasiadas ganas de tener pareja.

Claro, si para mí tener pareja es una necesidad (más que un deseo), desde esas ganas compulsivas es más fácil que cuando conozca a alguien solo vea sus virtudes y sus maravillas.

Así que veré tres cosas, las ensalzaré como algo maravilloso, generalizaré que esa persona es maravillosa y está hecha para mí, y concluiré que es el hombre de mi vida y que ya, por fin, le he encontrado.

Como me decía una coachee, “me enfadé mucho cuando hizo eso y le desidealicé. Y lo peor fue el sentirme sola después, porque si él ya no era perfecto, ¿a quién tenía yo?”.

4.Porque eso nos hace sentir especiales (y, otra vez, que elegimos desde la carencia).

Es decir, si alguien a quien yo considero “normal” me elige, pues yo me sentiré normal.

Pero si alguien a quien yo he idealizado y considero especial me elige, entonces yo también me sentiré especial, porque he sido elegida por él.

Y el problema es que estoy dependiendo de que alguien me elija para sentirme especial, cuando eso es algo que ya debería sentir dentro de mí sin necesidad de estar con nadie (ya sabes, si quieres que te acompañe a sentirte especial por ti misma, puedes rellenar este formulario).

Por ejemplo, que me decía otra coachee que estaba conociendo a alguien, “cuando me escribe me da un subidón que no sé explicarte en palabras… Es como que me cambiara el día y de repente todo fuera color de rosa”.

Claro, porque esa dosis de atención que le llegaba de fuera era lo que le hacía sentir especial… Es como que “si el otro me ve, entonces soy valiosa, importante, suficiente, merecedora, especial…” (cuando todo eso, insisto, ¡jamás debería depender de que alguien te viera!).

Y, por supuesto, si estás en la carencia y algo no funciona, la que lo está haciendo mal eres tú. Porque si al otro le necesitas para sentirte especial, entonces el otro nunca puede ser responsable de nada. La culpa siempre tiene que ser tuya y la que ha de esforzarse en ser suficiente eres tú (y esto es el pez que se muerde la cola, porque cuanto más dudes de ti, más necesitarás algo externo para sentirte especial… Pero, a la vez, si en algún momento pierdes eso que te hace sentir especial, siempre volverás a dudar de ti).

Y sí, esto tiene todas las papeletas para terminar en una relación de dependencia.

5.Porque idealizamos que cuando tengamos pareja seremos felices.

Esto ocurre cuando, además de idealizar al otro, idealizamos a la persona que seremos y la vida que tendremos cuando estemos en pareja con alguien.

Y, a partir de ahí, nos resistimos a que eso se rompa, nos agarramos con todas nuestras fuerzas a la relación, porque “si esto no funciona, yo ya no voy a poder ser esa que anhelo ser”.

Así que, como necesito al otro para seguir sintiéndome así, pues me adapto, me esfuerzo, me trago mis necesidades, me aguanto para que esto siga funcionando, me quejo de que el otro no sea x… Pero sigo ahí.

Y sí, esto también tiene todas las papeletas para terminar en una relación de dependencia.

Siempre que idealizas, te pones por debajo

En realidad, si te fijas, siempre que idealizamos a alguien tenemos muchas papeletas para terminar en una relación de dependencia. O, lo que viene a ser, una relación en la que no estamos del todo bien, pero no somos capaces de dejarla.

Y otra cosa que ocurre siempre que idealizamos a alguien es que, de una manera u otra, nos ponemos por debajo.

Porque para endiosar y elevar a alguien, primero yo tengo que colocarme por debajo (y eso me está hablando de mí, de cómo yo me siento conmigo misma y de cómo me relaciono).

O por debajo en lo que valgo, o por debajo en cómo me siento si no tengo a esa persona, o por debajo en lo que me imagino que será mi vida si esa persona no está… Algún vacío hay en mí que espero que el otro llene, y a partir del cual le idealizo (y esto es muy distinto a sentirme completa y feliz estando sola, pero saber que quiero compartir esto con una pareja).

Así que, ¿para qué quieres tú tener pareja? ¿Para qué idealizas al otro? ¿Qué esperas que te de esa persona que no esté ya dentro de ti?

Lo que hacemos fatal (y cómo mejorarlo)

Como puedes ver, lo primero que hacemos mal es ponerle al otro cualidades que asumimos que tiene, sin saber todavía si las tiene.

Por ejemplo, si me llama “cielo” o me agarra de la mano, es que es cariñoso.

Si me propone un plan, es que quiere tener una relación conmigo.

Si trabaja muchas horas, es que es una persona seria y responsable.

Si hoy cocina para mí, es que es super detallista y atento.

Si me dice que le ha encantado el fin de semana, es que se está enamorando.

Y así, en base a tres datos, generalizamos y sacamos conclusiones sobre lo que la persona es y sobre cómo nos va a ir juntos, y nos montamos toda la película.

Y claro, la película suele ser tan chachi piruli, que después, cuando el real no encaja en la idea mental que nos habíamos hecho, nos decepcionamos.

Pero el problema no viene de lo que esa persona está siendo, ni de la realidad con la que nos estamos topando.

El problema viene de que, en primer lugar, esa persona tenía un comportamiento puntual X y desde ahí asumimos que eso significaba que era A, B, C, y D. Es decir, le hemos atribuido cualidades que tal vez no cumpla.

En segundo lugar, que hemos supuesto que si esa persona al comienzo de la relación era X, es que su comportamiento habitual es X, que esa persona es así siempre (y todos al principio nos esforzamos más, nos vendemos más y damos una mejor imagen, ¡en eso consiste la conquista!).

Y, tercero, porque cuando idealizamos a alguien maximizamos lo que nos gusta y lo que nos encaja y minimizamos lo que no… Es decir, o ni quisiera vemos lo feo del otro, o le quitamos importancia, en plan “bah, habrá sido algo puntual”, “bueno, seguro que esto lo puede cambiar”, “no todas las personas somos iguales, él es más así y no pasa nada”.

Y sí que pasa, pasa que después te la pegas.

Por eso es tan importante que, al comienzo de una relación, hasta que de verdad conozcas a esa persona, vayas como de puntillas.

Y, sobre todo, que estés más en cómo tú te sientes que en cómo te cuentas que el otro es.

Mira, recuerdo una vez que conocí a alguien muy guay. Y, a raíz de su comportamiento, yo asumí que esa persona era X y Z. Me hice una imagen mental de él y la di por válida…

La cosa es que le perdí la pista un tiempo, y meses después me lo volví a encontrar. Entonces, como la imagen mental que yo tenía ya se había desinflado, pude ver la realidad y darme cuenta de que esa persona no tenía naaada que ver con lo que yo me había imaginado. Y así fue como pude construir una imagen nueva, y más real, de cómo era esa persona.

Y con esto no quiero decir que no puedas ilusionarte cuando conoces a alguien, ¡claro que te mereces sentir esa ilusión! De hecho, enamorarse es justo eso, sentirte en una nube y estar todo el rato esperando para volver a verle… Y eso está bien.

De lo que se trata es de que seas consciente de que, por el momento, es una ilusión, no una realidad.

De que, en vez de centrarte en el potencial de esa relación, en lo que tú imaginas de esa persona, en lo que idealizas, en cómo crees que va a ser, en cómo crees que esa persona va a responder cuando pase X…, te centres en lo que está pasando ahora. En cómo se ha comportado esta mañana, en cómo te ha hablado, en cómo te has sentido con esto que ha pasado…

Teniendo presente que solo conoces a alguien cuando ya has vivido diferentes situaciones con esa persona, cuando habéis tenido un conflicto y has visto cómo lo gestiona, cuando surgen dificultades y ves cómo responde, cuando hay un momento especial y ves cómo es vivirlo a su lado, cuando conoces a su gente y ves cómo se relacionan…

Por eso, conocer a alguien requiere un ejercicio constante de traerte, del futuro y del ideal, de vuelta al presente y a la realidad. A lo que hay, no a lo que imaginas que habrá.

Como si, en medio de esa nube de felicidad, de vez en cuando bajaras a la realidad a escuchar cómo te sientes con lo que está siendo hoy, aquí y ahora.

Con lo que es, no con lo que tal vez será…

Y, también, super importante, qué distingas hasta qué punto le estás entregando al otro el sentirte tú bien o lo que piensas de ti… Para que, antes de todo eso, te trabajes el sentirte así por ti misma, sin depender de que llegue alguien a hacerte sentir así.

Y que seas consciente de que, cuando idealizas, te colocas por debajo.

En cambio, cuando esperas para poder ver al otro como es, te colocas al mismo nivel.

Y desde ahí sí puedes llegar a admirarle, pero no como alguien superior o perfecto, sino como quien realmente es.

Si te encaja, genial. Y, si no, pues no pasa nada.

¿Qué me dices? ¿Te das cuenta de haber idealizado a alguien y después haberte pegado el batacazo? Si es así, puedes contármelo en los comentarios aquí debajo.

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Acerca de Vanessa Carreño

Trabajo con mujeres que se sienten inseguras, no se valoran ni tienen confianza en sí mismas, le dan muchas vueltas a la cabeza y se preocupan mucho por lo que piensen los demás.

Con mis programas de Autoestima, Relaciones Personales y Dependencia Emocional consiguen ganar confianza en sí mismas y sentirse seguras y capaces de alcanzar sus objetivos. Aprenden a valorarse, se atreven a ser ellas mismas y empiezan a disfrutar de su vida y de sus relaciones.

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2 comentarios

2 comentarios
  1. Sonja 04/03/2023

    Sí, he idealizado y aun con todas las evidencias delante, me he resistido a ver la realidad. Cuando estamos en ese estado nos inventamos excusas para no salir de nuestro ensueño, finalmente el golpe es duro y doloroso.
    El reto: enamorarse con el corazón, pero con la mente bien clara.

    Gracias por tus post Vanessa

    Responder
    • Vanessa Carreño Andrés 06/03/2023

      Hola Sonja,
      Me ha gustado tu frase, le añado algo mío: “enamorarse con el corazón lleno y la mente clara”.
      Gracias a ti por comentar.
      Un abrazo,
      Vanessa

      Responder

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