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¿Qué papel interpretas tú en la película de tu vida?

Gente caminando en la calle

Todos aprendemos a interpretar un papel en la vida, un rol con el que nos presentamos ante los demás.

Puede que el tuyo sea el de la que se encarga de todo, la que está siempre dispuesta a ayudar y para todo tiene una solución. La “solucionadora de problemas”.

O puede ser el de la mujer divertida con la que todos se lo pasan bien y que siempre está de risas. La “cero dramas”.

O puede ser el de la que lo hace todo muy bien, la que siempre puede más, a tope hasta el agotamiento. La que más aguanta y a la que los demás siempre valoran tan buenos resultados. La “esforzada”.

O puede ser el de la exigente que nunca se equivoca, lo hace todo perfecto y siempre está señalando los errores de los demás.

La cosa es que todos tenemos un rol desde el que hemos aprendido a “ser” y a relacionarnos.

Es como si la vida fuera un baile de máscaras y cada uno llevara la que mejor le ha funcionado para “sobrevivir” en su entorno.

¿Te das cuenta de cuál es la tuya? ¿Cuál es el papel que tú has aprendido a interpretar?

Hay muchas opciones, ya te lo adelanto…

Tal vez seas la sufridora. Es decir, la que siempre está preocupada, adelantándose a los problemas y pensando en todo lo malo que puede pasar.

O la que siempre se muestra fuerte, la que escucha a todo el mundo y a la que nunca le pasa nada, porque lo importante es lo que les pase a los demás. Es decir, el sostén de todos.

O la que nunca dice nada que pueda molestar, la que no destaca, la que no sobresale, la que no hace sentir mal a nadie, la que nunca se enfada… la buenecita (éste podría ser uno de los míos).

O la que tiene mucho carácter, en plan “a mí nadie me tose”, y nunca muestra ternura, ni emocionalidad, ni vulnerabilidad, porque eso es sinónimo de debilidad. Es decir, la dura.

O la que siempre está ayudando, siempre preocupada por los demás porque necesita sentirse imprescindible para ellos.

El que sea, te aseguro que tú también estás interpretando un papel, aunque no seas ni consciente de ello.

Claro, el rol que aprendemos está tan integrado en nosotras que nos pensamos que somos así.

Por ejemplo, si dices “yo es que soy muy resolutiva”, y en realidad eso es parte de lo que has aprendido que tenías que ser.

O “a mí es que me gusta mucho ayudar a los demás”. Y no es que no te guste, pero sí que muchas veces lo haces desde un lugar de obligación más que de elección genuina.

¿Resultado? Que confundes lo que quiere y necesita tu personaje con lo que quieres y necesitas tú, porque las confundes a ambas.

Pero, como te identificas tanto con ese personaje, pues no te imaginas siendo otra cosa. Como si pensaras “si no soy la que ayuda a todos, ¿quién soy entonces?”.

Sí, da mucho miedo dejar de ser lo que siempre has sido. Lo que tantas veces te ha salvado. Como si de repente te dijeran que salieras desnuda a la calle. ¡¡¡Horror!!!

Soltar ese rol que te ha servido para sobrevivir impone, y mucho.

Sobre todo, porque esa es la imagen que has construido para que los demás te quieran.
Como si alguna vez alguien te hubiera inyectado la creencia de que, por ejemplo, “si soy buenecita y no doy problemas todos me van a querer”.

Sin darte cuenta de que ese rol es muy limitado y solo te permite mostrar una parte de ti.
De que no eres solo eso y de que, entre el blanco y el negro, hay un millón de grises que no estás explorando y que, según el momento, pueden ser mucho más beneficiosos para ti.

En eso consiste cualquier proceso de autoconocimiento, en irte quitando capas y roles y quedarte desnuda contigo misma, a gusto con lo que de verdad eres, tan solo siendo tú. Con todos tus grises, tus blancos y tus negros.

Lo que, de niña, aprendiste a ser

Como te puedes imaginar, el papel que estás interpretando en tu vida tiene mucho que ver con tu infancia. Con lo que viste, con lo que escuchaste, con eso por lo que te premiaron, con eso por lo que te castigaron, con los patrones que aprendiste a seguir porque eran los que más te valoraban los demás, y en base a los que ahora te comportas.

Por ejemplo, si aprendiste que primero la obligación y después la devoción, seguramente vivas mucho en el esfuerzo, siempre haciendo y haciendo, más y más.

O si aprendiste que para que te quisieran y no se enfadaran contigo tenías que ser buena y obediente, eso será lo que sigas haciendo ahora. Sin elegir, sin hablar, sin decir lo tuyo, sin disfrutar.

Seguramente empezaste a asumir ese rol porque ocurrió algo, una o muchas veces, que tuvo unas consecuencias. Y así, se estableció en ti la creencia de que “necesito asumir este papel para evitar estas consecuencias”. Porque sentiste que, si en algún momento eras tú, auténtica, sin rol y sin papel, volverían a darse las mismas consecuencias.

Por ejemplo, puede que ahora seas la que hace mucho para que la quieran y se encarga ella de todo porque en algún momento pediste y no te dieron, o porque tuviste que asumir responsabilidades que no te correspondían, o porque nadie estuvo ahí para darte lo que necesitabas, y ahora no lo sabes pedir.

¿De qué te das cuenta? ¿Qué papel aprendiste a hacer de niña? ¿Qué tiene que ver con el que haces ahora en tu vida?

El que sea, lo importante es que sepas que ese rol nació de una necesidad legítima de aquella niña que no estaba siendo cubierta de otra forma.

Y que, ahora de adulta, mantienes ese mismo rol desde el miedo.

Claro, cuando estás relajada no necesitas tanto al personaje, pero, cuando conectas con el miedo, sí. Y, por eso, a veces lo tienes tan integrado que no lo distingues de tu Yo Real.

Incluso, a veces, es posible que te vayas al opuesto. Que en vez de seguir el patrón que aprendiste, te rebeles y te vayas al otro extremo. Por ejemplo, “en vez de ser la obediente voy a ser la que hace justo lo contrario a lo que se espera de mí”. Pero da igual, porque sigue sin ser un lugar auténtico y elegido, aunque tú te cuentes que ser la rebelde, o la libre, o lo que sea, sí es elegido.

El daño que te hace ahora de adulta

De lo que puedes estar segura es de que ese papel que en otro momento pudo servirte para que te quisieran o para ser lo que se esperaba de ti, ahora ya no puede satisfacer tus necesidades.

Por ejemplo, si en algún momento me sentí rechazada y desde ahí me coloqué en un rol de “pasar desapercibida” para evitar ese rechazo, lo más probable es que ahora eso no me permita que los demás me vean y me tengan en cuenta (otro de los que a mí me resuenan).

O si en algún momento aprendí que yo tenía que resolver los problemas de los demás, pues es posible que ahora me encuentre a parejas con quien yo me tengo que encargar de todo y hacer lo que al otro le cuesta. Porque mi rol de resolutiva y de cuidadora encajará con el de alguien que necesita que le cuiden.

O si aprendí que yo lo que tenía que hacer era callarme, adaptarme a las necesidades de los mayores y no dar problemas, pues ahora tal vez vaya de fuerte y sea la que siempre agrada a los demás y se caya lo que le molesta. Pero después, como es lógico, me sentiré fatal, porque ese rol ya no me está sirviendo.

O si aprendí que yo siempre tenía que estar para los demás, aunque a mí no me viniera bien, pues cuando lo haga, ahora de adulta, me enfadará mucho que el otro no me de tanto como yo le doy. Y, si en algún momento no lo hago, me sentiré culpable. Sin darme cuenta de que, de ninguna de las dos formas, estoy asumiendo la responsabilidad de lo que yo quiero y puedo dar.

O si aprendí que tenía que poder con todo y no pedir ayuda nunca, porque en algún momento ese sobreesfuerzo le sirvió a mi niña para controlar que las cosas en casa fueran bien, pues ahora seré incapaz de escuchar dónde están mis límites y de decir “hasta aquí”. Porque dejar de estar en la exigencia y en el esfuerzo me llevaría a conectar con la sensación de que no soy válida y a perder el control que tengo cuando no pido ayuda y lo hago yo todo.

Etc., etc.

La cosa es que ningún rol aprendido puede hacer que ahora te sientas bien, porque no es genuino. Porque no te permite ser libre de ser tú misma, como en cada momento elijas ser.

Así que, lo primero, es que aprendas a ver y a reconocer con compasión el papel que has aprendido a interpretar en tu vida.

Obsérvate, date tiempo para descubrirlo… (si quieres que yo te acompañe en ese camino, es aquí).

Y, si te apetece, me puedes contar de qué te has dado cuenta al leerme, en los comentarios aquí debajo ;-).

 

 

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Acerca de Vanessa Carreño

Trabajo con mujeres que se sienten inseguras, no se valoran ni tienen confianza en sí mismas, le dan muchas vueltas a la cabeza y se preocupan mucho por lo que piensen los demás.

Con mis programas de Autoestima, Relaciones Personales y Dependencia Emocional consiguen ganar confianza en sí mismas y sentirse seguras y capaces de alcanzar sus objetivos. Aprenden a valorarse, se atreven a ser ellas mismas y empiezan a disfrutar de su vida y de sus relaciones.

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6 comentarios

6 comentarios
  1. Carmen 26/10/2023

    Naci en una familia desestructurada y aprendi a llevar la carga emocional de todos. A no dar problemas y no existir.
    Todo eso desde muy niña. Si pasaba algo, me castigaban con dureza, sobre todo si tenía éxito.

    Responder
    • Vanessa Carreño Andrés 27/10/2023

      Muchas gracias, Carmen. Entonces observa en qué medida ese papel te sigue limitando a día de hoy y cuándo te colocas en él sin darte cuenta. Es muy duro lo que comentas y es normal que siga estando presente en ti. Ninguna niña se merece lo que recibió la tuya.
      Un abrazo,
      Vanessa

      Responder
  2. Susana 29/10/2023

    Yo me voy a tener que ir de casa, porque los vecinos son insoportables. Mi madre me ha dicho “¿te van a poder?”, como si esto fuera una competición. La casa es mis padres y ellos no quieren decir nada, y yo no aguanto más, así que me voy a ir. Porque mi madre lo que me está diciendo es que me tengo que aguantar. Yo ya no soy la que se queda allí donde está en la mierda. Cuando la he dicho que los vecinos me estaban volviendo esquizofrénica, me ha propuesto ir al psiquiatra. Tampoco soy ya la que se piensa que el problema es ella y no los demás. Lo peor es que aparte de mis padres no tengo a nadie que me “quiera”, pero es lo que hay. No todos tenemos la misma suerte, pero no hay por qué quedarse lamentándose, sino aceptarlo y seguir adelante.

    Responder
    • Vanessa Carreño Andrés 06/11/2023

      Hola Susana,
      Muchas gracias por compartir. Cuando el amor a ti misma está conectado con tu sentimiento de valía ya no necesitas demostrarle nada a nadie ni entrar en una competición de “a ver quién puede más”. Rendirse no es decir “hasta aquí”, rendirse es dejar de escucharte y de darte lo que necesitas.
      Cuida esas relaciones entonces, para que puedas sentirte querida y arropada más allá de tus padres, por amigos y otros vínculos cercanos.
      Un abrazo,
      Vanessa

      Responder
  3. Olga 02/11/2023

    Nosotros éramos nueve hermanos y yo de las pequeñas. Aprendí que para ser vista tenía que sobresalir de algún modo. Al no poder sobresalir por ser perfecta opté por dar la lata, ser diferente, ir a la contra y obviar las críticas de los demás. Busqué llamar la atención aún de forma desesperada para obtener afecto.

    Responder
    • Vanessa Carreño Andrés 06/11/2023

      Hola Olga,
      Eso que cuentas, esa especie de rebeldía, es otra manera de responder cuando no estamos recibiendo el reconocimiento que necesitamos simplemente por ser y pertenecer. Unos se reafirman en ser iguales para sentirse vistos y otros en ser diferentes para sentirse vistos. Y muchas veces, desde cualquiera de los dos caminos, nos alejamos de quiénes somos. Así que espero que puedas abrazar lo que quieras quedarte de ese personaje que has construido (la fuerte, la rebelde, la autosuficiente, o como quieras llamarlo) e ir soltando lo que sientas que es artificial y que no es genuino de ti.
      Un abrazo,
      Vanessa

      Responder

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