Estoy triste y tengo miedo

Así es. Hoy estoy triste y tengo miedo. Y no pasa nada. Lo acepto, lo digo y lo siento, porque forma parte de mí y porque reconocerlo es la única manera de poder trascenderlo y seguir avanzando. Reconociendo que no estoy bien y que no pasa nada.

Pero no siempre es tan fácil. Hay quien necesita tenerlo todo bajo control y experimentar esa sensación de falsa seguridad que nos aporta el pensar que controlamos lo que sentimos y lo que exponemos de nosotros ante los demás.

Cuando eso pasa lo que solemos hacer es esconder nuestra fragilidad, negarla, aparentar, hacer como que no pasa nada. Como que no estoy triste, como que no tengo miedo, como que no me siento pequeña, como que no me duele, como que no me da rabia eso que está pasando… Como que en mi vida no hay tormentas ni nubarrones, como si todo fuera sol y alegría. Como que a mí nada me afecta.

Yo soy fuerte, perfecta, segura de mí misma, intocable, la que siempre está bien, la que nunca se derrumba… ¿Te suena?

Construimos personajes de mentira y nos ponemos máscaras de hierro ante los demás porque lo hemos aprendido, porque nos da vergüenza, porque pensamos que eso es lo que los otros esperan de nosotros o porque tememos quedarnos desnudos, presas del daño que puedan hacernos.

Y así es como nos convertimos en personas que nunca hablan de sus sentimientos, que ni los miran, que no los tocan, que los dejan encerrados en el sótano como si fueran venenosos o se avergonzaran de ellos.

Qué curioso, porque lo único verdaderamente venenoso es encerrar dentro esa fragilidad que todos tenemos y que, paradójicamente, es lo que nos hace grandes, y valientes, y bellos, y reales.

Sí, aceptar y mostrar nuestra fragilidad es lo que nos hace poderosos. Porque sin ella tampoco hay fortaleza. Porque todos somos todo. Somos buenos y malos a la vez, cobardes y valientes, seguros e inseguros, fuertes y frágiles… No podríamos ser sólo una de las dos cosas y no ser la otra.

Por ejemplo, ¿eres una persona puntual o impuntual? Supongamos que has respondido que eres puntual. Vale, pues eres puntual porque eliges serlo. Quiero decir que también podrías elegir ser impuntual. ¿Qué merito tendría ser puntual si no tuvieras la capacidad de ser impuntual? ¿Qué mérito tendría actuar bien si no tuvieras la capacidad de actuar mal? ¿Qué mérito tendría ser fuerte si no pudieras ser frágil también?

Así es, todos somos todo. Todos nos movemos en una escala de colores en la que un día estaremos en el blanco, otro en el gris y otro, tal vez, en el negro. Y no pasa nada. Eso precisamente es lo importante, que no pasa nada. Ahí reside la magia del ser completo que cada uno de nosotros somos. De entender que nadie puede ser sólo de un color, igual que nadie puede ser fuerte todo el tiempo.

Pero lo más importante es que hasta que no aceptas la parte más vulnerable de ti, esa que todos tenemos, tampoco puedes hacer uso de tu fortaleza. Una va unida a la otra, son indisolubles. Y aceptar lo que sientes, sentir que puedes ser tú misma, sin miedo a que otros te juzguen y, especialmente, sin juzgarte tú, es uno de los signos más claros de madurez emocional.

En cambio, cuando niegas esa parte de ti es como si no te aceptaras. Como si, en el fondo, inconscientemente, te estuvieras rechazando. Y es muy difícil sentirte bien y poder disfrutar de la cara amable de la vida (o de ti) cuando rechazas la otra cara y haces como que no existiera…

Claro que no se trata de que te recrees en tu fragilidad, sino de que la mires y la sientas y la dejes ser y estar. De que te quieras y te aceptes y te permitas ser como eres, y no como aparentas ser.

Aceptando que no eres perfecta, que tienes miedo, que a veces sientes vergüenza, rabia o tristeza… Que la fragilidad forma parte de ti y de mí, igual que forma parte de todos. Pero no es algo que te defina, ni a ti, ni a mí, ni a nadie.

Recordando que lo más fuerte no es lo que está intacto, sino lo que se cae y se rompe, pero después es capaz de recomponerse. Que eso que llaman capacidad de resiliencia es algo que todos llevamos dentro.

Incluso, como me contaba el otro día una Coachee con tendencia manifiesta a “guardar el tipo delante de los demás”, sabiendo que aceptar tu fragilidad no solo te ayuda a conectar contigo misma, sino que también hace que conectes con los demás de una forma sincera y auténtica, porque, ahora sí, estás siendo tú de verdad. ¿O acaso no te sientes más cerca de una persona cuando ésta se muestra tal cuál es y te deja ver su fragilidad? ¿Y si les dieras a los demás la oportunidad de conectar con quien de verdad eres y no con tu personaje?

Y sabiendo, también, que fragilidad no es lo mismo que debilidad, ojo. Debilidad es hacer de la pena mi carta de presentación. Es quedarme estancada es mis miedos, en mi tristeza, en mi dolor y en mi rabia y no hacer nada. Eso es debilidad.

En cambio aceptar mi fragilidad es otra cosa.

Es pedir disculpas y reconocer que sí, que me he equivocado. Porque yo también cometo errores.

Es aceptar que hay cosas que me duelen y personas que me hacen daño, pero saber también que puedo superarlas y seguir adelante.

Es atreverme a decir que hoy no estoy bien, sin ni siquiera tener que dar explicaciones por ello.

Es decir que esto me supera, que a veces no puedo más o que me siento chiquitita.

Es aceptar que no soy perfecta, ni falta que hace.

Es pedir ayuda cuando la necesito. Porque todos la necesitamos alguna vez (el que no la pide también).

Es aceptar que tengo miedo a lo que pueda pasar o a no estar a la altura, pero que no por eso me voy a quedar quieta sin hacer nada.

Es reconocer que me importa lo que los demás piensen de mí. Sí, claro que me importa.

Aceptar mi fragilidad es todo esto, y todo lo que tú quieras que sea.

Y así todo se vuelve mucho más fácil, más sencillo, más ligero.

Porque sí, porque hoy estoy triste y hoy tengo miedo, y no pasa nada.

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Acerca de Vanessa Carreño

Trabajo con mujeres que se sienten inseguras, no se valoran ni tienen confianza en sí mismas, le dan muchas vueltas a la cabeza y se preocupan mucho por lo que piensen los demás.

Con mis programas de Autoestima, Relaciones Personales y Dependencia Emocional consiguen ganar confianza en sí mismas y sentirse seguras y capaces de alcanzar sus objetivos. Aprenden a valorarse, se atreven a ser ellas mismas y empiezan a disfrutar de su vida y de sus relaciones.

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3 comentarios

3 comentarios
  1. Carmen Cifuentes "Collier" 04/10/2015

    Aceptarnos es lo primero y pedir ayuda lo segundo. Compartir nuestras emociones es importante para nuestra ayuda. El miedo nos paraliza y no nos deja avanzar, tenemos que romper con él. Buen artículo. Saludos. Por cierto! me encanta el diseño de tu web.

    Responder
    • Vanessa Carreño Andrés 05/10/2015

      Muchas gracias, Carmen. Es cierto, saber compartir nuestras emociones y pedir ayuda también es muy importante.
      Gracias por decirme lo del diseño, a mí también me encanta :-).
      Un abrazo

      Responder

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