¿Alguna vez has pensado cómo se titularía la historia de tu vida?
La mía, hasta los treinta y pico, podría llamarse “la que necesitaba ser vista, pero siempre se escondía”.
Ocurría a menudo…
Por ejemplo, cuando no era capaz de decirle a alguien lo que yo quería, pero me quedaba anhelando que esa persona me lo preguntara…
O cuando alguien me hacía daño y yo no lo expresaba, sino que esperaba que el otro, por si solo, se diera cuenta de que me había hecho daño…
Así era como dentro de mí reclamaba ser vista, pero por fuera yo misma me excluía y me retiraba.
Y, claro, los demás no me veían como yo necesitaba.
Pero, en gran parte, porque yo no me mostraba.
Aunque, como te puedes imaginar, yo no era consciente de cuánto me escondía…
Y, a pesar de llevar ya mucho trabajo personal encima, creo que no lo entendí del todo hasta hace unos años, con algo que pasó en la terapia en grupo de la formación de Gestalt.
Yo siempre había hablado de mi dolor y de mis heridas de infancia delante de ese grupo.
Hablaba de cuando me sentía pequeña, de mis miedos infantiles, de mi sentimiento de inferioridad constante…
Pero nunca me había dejado ver en la mierda en vivo y en directo.
Hasta ese día.
Y entonces, al mostrarme tan rota ante ellos, fue cuando los demás pudieron ver en mí ese dolor, del que antes tan solo me oían hablar…
Entonces fue cuando pudieron verme de verdad.
Porque yo me había dejado ver con todo, incluido lo “débil” y lo vergonzoso.
Así fue como comprendí lo que de verdad es mostrarse vulnerable y abrirse ante el otro.
Y que exponerte no va de decir “me sentí rechazada cuando pasó esto”.
Sino de abrirte en canal y poder verbalizar “ahora mismo me estoy sintiendo pequeña y tengo miedo a que me rechaces”.
Sí, lo que pasó ese día fue una gran lección.
Porque me ayudó a entender en lo más profundo de mí que, hasta hasta mis treinta y pico, yo misma me excluía y me retiraba…
Y que mi propio miedo no me dejaba ser vista.
Y este mismo miedo a mostrarse y a exponerse al rechazo, lo observo en muchas de las mujeres con las que trabajo.
Cuando una me cuenta que algo le ha molestado, pero no lo ha dicho…
Cuando otra me relata que ha terminado haciendo algo que no quería hacer, pero en ningún momento ha expresado lo que a ella le gustaría…
Cuando otra no entiende el comportamiento de alguien, pero tampoco pregunta lo que está pasando…
Y así es como los demás no pueden ver lo que te pasa a ti.
Porque no se puede ver a alguien que se esconde detrás de una máscara de “no pasa nada”…
Y porque no se puede oír a alguien que se queda en silencio cuando necesita algo…
Y, entonces, cuando no te muestras, lo que suele ocurrir es que te quedas resentida y a la defensiva, esperando que el otro se dé cuenta de lo que te pasa (pero no estás diciendo).
O que, otras veces, te sientes tan pequeña y tan invisible que te retiras… Desapareces con tu dolor, sin que el otro se entere ni tenga oportunidad de poner lo suyo en la relación.
En lugar de validar lo que estás sintiendo, siempre, sea lo que sea y sin condiciones.
Y de dar un paso hacia adelante para satisfacer esa necesidad de ser vista.
Porque necesitar que te vean es legítimo.
Pero, como todo, también implica el riesgo de que alguien te rechace o de que a alguien no le gustes.
Y cuando no asumes ese riesgo, como me pasaba a mí, tampoco puedes satisfacer esa necesidad ni quedarte a gusto.
Es lo mismo que le pasaba antes a una coachee, cuando me contaba “me siento sola cuando mi pareja no me acompaña como yo necesito, pero no se lo digo porque me cuesta mostrarme necesitada ante él”.
Claro. Solo ahora que es capaz de abrirse ante él, ha comenzado a sentirse vista.
O a otra que, hablando de que le había dolido que sus amigas no estuvieran más pendientes de ella durante su separación…
Se daba cuenta de que la imagen que había dado ante ellas cuando se habían visto había sido la de “yo estoy bien. Soy fuerte, puedo con esto y hasta me río de lo que ha pasado”.
Solo después de eso y de que trabajáramos ese miedo a mostrarse vulnerable, pudo acercarse a ellas desde un lugar más auténtico y genuino.
Porque entendió que no puedes sentirte vista si no te muestras.
Pero tampoco puedes mostrarte sin correr riesgo alguno.
Así es la vida, y así son las relaciones que forman parte de ella.
Pero te garantizo que merece la pena y que duele muchísimo menos que cuando tú misma te hacías invisible.
…
Si tú también quieres dejar de esconderte y, conmigo y de mi mano, atreverte a que los demás te vean y te oigan sin hacerte pequeña, mira esto.


