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Cuando estás enferma y vienen los fantasmas

Mujer enferma en la cama

Pues sí, el post de hoy se ha ido a la mierda.

Y de milagro que estás leyendo esto.

Llevo cinco días muy, pero que muy pachucha.

Que solo en esta semana haya cancelado más sesiones que en los diez años y medio que llevo acompañando a mujeres, dice bastante de lo mal que he estado (y estoy).

Y que en estos más de diez años solo haya habido un jueves sin post en el blog, supongo que también dice bastante del compromiso que tengo con las personas que me seguís y me leéis cada semana (y que quería mantener hoy).

Así que está siendo mucha la dificultad de estos días…

El sostener tantísimo malestar en el cuerpo, y la frustración de querer y no poder.

¿Quién narices se inventó eso de que “querer es poder”? Pues no, no lo es.

Claro que hay momentos en los que no puedes porque no quieres.

Pero también hay otros en los que quieres más de lo que puedes (y fastidia mucho que te digan que “querer es poder”, cuando lo que te sobra es querer…).

Bueno, que está siendo un viajazo esta enfermedad, virus o lo que sea. Un viajazo interior de los potentes y un tsunami devastador para mi cuerpo…

Tan intenso que no tenía sentido intentar contarte lo que tenía pensado para el post de hoy.

¿Cómo se sonríe cuando estás muerta por dentro? Pues eso. Que tocaba ser honesta y hablar de lo que está sobre la mesa.

Y en ello estoy, a ver lo que puedo hacer…

Primero, lo que ya me sabía… Porque me sé de sobra que una cosa es lo que tú planificas y otra lo que la vida tiene planificado para ti. Y que, si los planes no coinciden, los tuyos van a dar igual.

Por más que te frustres, a la vida le va a entrar por un oído y le va a salir por el otro…

Ella manda (y ella sabe), aunque a veces nos haga creer que controlamos algo… Ay, alma de cántaro, ¡cuánta ingenuidad la nuestra!

Así que eso, que mis planes de este puente han ido por un lado y yo por otro.

Y que este proceso vírico empezó como una tormenta en la noche más oscura del bosque.

Con mucho miedo, sí. El miedo de la primera noche que me desperté tiritando sin saber qué me pasaba, sola en una casa aislada en el monte. Asustada por si había respirado el moho de una filtración de agua que lleva un mes brotando en el piso de abajo y que me habían dicho que era bastante peligroso. Y aterrada por morirme sola.

Yaaaa. Demasiado peliculera. Pero es que cuando estás sola (sola, sola. Sola de que no hay nadie a tu alrededor) el miedo se magnifica.

Y, cuanto más asustada estás, mas necesidad tienes de que haya alguien a tu lado que te diga “mi amor, todo está bien, no pasa nada”.

Claro, como cuando era una niña… Sí, los grandes miedos siempre tienen más que ver con aquello de hace años que con esto de ahora…

Cuando lo racional deja de funcionar, cuando ningún pensamiento te calma, cuando solo sientes la angustia brotar muy fuerte… entonces es que tu niña está llorando asustada en algún rincón dentro de ti.

Así fue la otra noche. Y la abracé. Y estuve con ella, consolándola en ese duermevela en el que no sabes si te has dormido o solo tenías los ojos cerrados… Hasta que se calmó.

Al día siguiente ya hubo un diagnóstico y alguien nos dijo que no nos íbamos a morir, y que tan solo era un virus que nos estaba dando fuerte. Muy fuerte.

Y así es como han ido pasando estos días, entre toses, mucho dolor, un termómetro poco dispuesto a rendirse y mogollón de abrazos a mi niña…

Creo que la enfermedad es uno de los estados que más nos lleva a la vulnerabilidad, a nuestros fantasmas, a nuestras heridas, a esa sensación de que te rompes, de que no puedes, de que te faltan fuerzas… (y, si pasa con un virus, no quiero ni pensar en una enfermedad verdaderamente grave).

De sobra sé yo que me cuesta la vida parar y no poder hacer lo que quiero hacer.

Que no soy de ver una peli tras otra y simplemente pasar el tiempo.

Que, al menos, necesito leer o poder salir de paseo con los perros…

Y, entonces, pienso en mi madre, a la que jamás vi sentada mirando la tele. Siempre planchando, cosiendo o haciendo algo mientras veía una película. Nunca placer al 100%. Jamás descansar por ningún motivo. Siempre el deber por en medio.

Y caigo en que somos lo que hemos visto, y en que seríamos muy diferentes de haber nacido en otro lugar y haber vivido otras experiencias.

Y vuelvo a toser. Me duele mucho el pecho. Y veo a los perros a mi lado.

Ellos ponen sobre la mesa una de mis grandes dificultades: pedir.

Pedir a los amigos lo que yo me creo que solo puede pedírsele a la familia que, en mi caso, no tengo…

Nunca aprendí a pedir. Lo más habitual era que me callara lo que necesitaba.

Y, muy de vez en cuando, lo soltaba de golpe con la fuerza de un huracán, como culpando al otro de no haberse dado cuenta de lo que yo estaba necesitando y no pedía.

Y sí, pedir sigue siendo una asignatura con aprobado raspado para mí… Que está muy bien ser independiente y autosuficiente, pero no puedes serlo del todo hasta que no te has dado el permiso de pedir cuando lo necesitas…

“Vane, ¿necesitas algo?. Vane, ¿en qué te puedo ayudar?. Vane, avísame con lo que sea, ¿te hago la compra?”, he escuchado estos días.

Y, aun poniéndomelo en bandeja, me cuesta.

Me he pasado la vida arreglándomelas sola. Y claro que puedo. Claro que soy capaz de hacer mil cosas por mí misma. Pero, ¿qué mas da eso? Por muy capaz que sea, ¿no es infinitamente más fácil cuando es con alguien?

Si a estas alturas ya no siento que tenga que demostrarle nada a nadie, si me siento totalmente merecedora de recibir, si siento que tengo personas dispuestas a ayudarme… ¿Por qué me sigue costando tanto pedir?

Pregunta irónica, porque ya lo sé. Claro que lo sé.

Es el miedo a que, como aquellas veces, no haya nadie… Y otra vez mi niña. Y otra vez la abrazo y le digo que yo estoy con ella. Que ahora sí, yo estoy con ella.

Y pedimos ayuda. “Marta, “¿puedes sacar a los perros por favor?”.

Y Marta, bendita Marta, viene rápido. Lleva días viniendo. Me ve cansada y débil, un poco desesperada por no mejorar, y ella, acertada, me dice: “tu cuerpo sabe, yo soy mucho de confiar en que el cuerpo sabe cómo curarse”.

Joder, claro. ¡Si es lo mismo que con las emociones!

El cuerpo siempre sabe, porque todo está en él. Este virus está en mi cuerpo, igual que el miedo o la angustia de la otra noche, sola en aquella casa perdida, también están en mi cuerpo.

Y lo mismo que tantas veces confío en que mi cuerpo va a saber atravesar lo que siento, también puedo confiar en que mi cuerpo sabrá sanarse ahora al ritmo que necesite…

Y entonces vuelvo a la bendita aceptación que taaantísimo elogio siempre.

Aceptar lo que siento, y confiar en mi proceso.

Aceptar esta enfermedad, y confiar en mi proceso.

Y sentir que siempre estoy conmigo. Que, pase lo que pase, yo estoy conmigo.

Que claro que cuando estás enferma, a veces, lo más insignificante te puede parecer un mundo… Pero lo importante es que, pase lo que pase, tú sigas ahí contigo, que no te abandones.

Sentir muy profundo que tú estás contigo, SIEMPRE E INCONDICIONAL, es la medicina para todos los males. Al menos, los del alma y el corazón.

Es AMOR a una misma. Y no tiene precio

PD: Solo conozco una manera de llegar ahí. Y te la cuento, paso por paso, en mi Curso de Autoestima, que ya ha enseñado a quererse, de verdad de la buena, a cientos de mujeres. Se llama AMOR, porque no podría llamarse de otra forma. Y tienes toda la información AQUÍ.

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Acerca de Vanessa Carreño

Trabajo con mujeres que se sienten inseguras, no se valoran ni tienen confianza en sí mismas, le dan muchas vueltas a la cabeza y se preocupan mucho por lo que piensen los demás.

Con mis programas de Autoestima, Relaciones Personales y Dependencia Emocional consiguen ganar confianza en sí mismas y sentirse seguras y capaces de alcanzar sus objetivos. Aprenden a valorarse, se atreven a ser ellas mismas y empiezan a disfrutar de su vida y de sus relaciones.

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