Si has tenido suerte, tal vez de pequeña te enseñaron a defenderte cuando alguien te atacaba.
Pero me apuesto una caña a que nadie te dijo que también tenías derecho a pensar en ti aunque la otra persona no hubiera hecho nada mal.
Así que ahora te voy a contar una historia para que veas a qué me refiero.
Atenta porque te vas a quedar de piedra con esto.
Imagínate que tienes un amigo con el que últimamente no te estás sintiendo demasiado bien.
Pero tú te esfuerzas por mantener la relación. Así que, como haces las cosas con él sin demasiadas ganas, te vas sobrecargando.
Y poco a poco tu amigo te va generando rechazo, pero no se lo dices.
Porque, claro, él no ha hecho nada malo. Así que tú no te sientes con derecho a poner un límite o a no verle simplemente porque no te apetece.
Hasta que un día tu amigo hace algo que te parece fatal.
Y, entonces sí, sientes que tienes un motivo justificado para poner distancia.
Vaya, que el hecho de que no te sintieras a gusto con él o de que ya no te aportara tanto no era razón suficiente para distanciarte.
Porque algo te decía que serías mala persona si hicieras eso.
Pero, desde el momento en el que él hace algo mal, entonces sí puedes darte tu lugar y pensar en lo que tú quieres.
¿Te suena esto? Cuidado porque no es algo tan fácil de ver a simple vista…
Pero si funcionas así te darás cuenta de que no sentirte cómoda con alguien no te resulta motivo suficiente para pasar menos tiempo con esa persona.
Que tú, para sentirte con derecho a escucharte, necesitas encontrar algo de lo que acusar al otro (aunque no se lo digas). Como si solo así te dieras permiso para poner un límite.
Vaya, como si no pudieras decir que no sencillamente porque no quieres.
Esto es lo que pasa cuando crees que solo tienes derecho a pensar en ti si es para defenderte de alguien que te ha hecho daño de alguna forma.
Pero que, si el otro lo está haciendo bien, tú no tienes argumentos para priorizarte o cuidar de ti.
Lo veo en muchas de mis coachees, y a mí antes también me pasaba.
Que lo que yo sentía o lo que yo pensaba carecía de valor si la conducta de la otra persona era, supuestamente, “intachable”.
¿Dónde me dejaba eso a mí? En ninguna parte.
Yo desaparecía, porque no tenía derecho a pensar en mí.
En mi caso, me ocurría esto porque yo me exigía hacerlo siempre bien.
Y, en cuanto dudaba de estar haciéndolo bien o pensaba que podía estar siendo egoísta, aparecía la culpa.
La culpa por ser tan mala como para rechazar a alguien que no me había hecho nada…
La culpa por no ser la niña buena que había aprendido a ser, siempre complaciente, disponible y sin dar guerra…
Y el miedo a terminar dándome cuenta de que me había equivocado y que todo había sido, adivina adivinanza, por mi santa culpa…
Así es como, durante muchos años, solo fui capaz de pensar en mí o de sentirme con derecho a algo si la otra persona lo hacía “obviamente mal”.
Por ejemplo, si a mí no me apetecía escribir a alguien, me sentía culpable y me obligaba a hacerlo.
En cambio, si esa persona no me escribía a mí, entonces sí me sentía libre para no seguir tirando de esa relación.
Eso sí, como después esa persona me diera una explicación convincente de por qué no me había escrito en cinco meses, yo volvía a sentirme culpable, y otra vez a sostener la relación.
Todo el rato esclava de que los demás fueran “malos” para poder pensar en mí, porque “la mala” no podía ser yo.
Lo recuerdo hoy, mientras te lo cuento, y alucino con el poco valor que me daba.
Y con lo diferente que es ahora, que sé que tengo derecho a escucharme y a priorizarme, aunque el otro lo haga perfecto y maravilloso…
Lo mismo que acaba sintiendo en su propia piel cada una de las mujeres con las que trabajo.
Mira lo que me decía una de ellas, respecto a un hombre con el que había estado quedando:
“Antes, para decirle que no quería seguir quedando, hubiera necesitado que él tuviera algún fallo o que fuera poco empático o algo así. Porque lo que yo sentía no era justificación suficiente para mí. Pero ahora se lo he dicho y me he quedado en paz”.
Claro, porque ya no ha necesitado ponerle pegas al otro para escucharse a sí misma.
Y eso es lo que espero que también te esté quedando claro a ti.
Que está bien pensar en ti y que no eres mala por ello.
Que tienes derecho a poner un límite, aunque el otro no haya hecho nada mal.
Y que te mereces darte tu lugar en tu vida, sin culpas y sin esclavitudes casposas.
¿Cómo se consigue eso? Paso a paso. Empezando por aquí.



Bueno, yo le hice ghosting a una amiga que era muy educada, pero por la que no me sentía realmente valorada… Le pedí ayuda con un programa de ordenador en un momento en el que lo necesitaba con urgencia, y no me contestó hasta una semana después. Y como me hizo sentir como una mierda, ya no la contesté, y de eso hace, pues creo que un año, de hecho. Sentí malestar “por su parte”, pero ahí se ha quedado la cosa. Tampoco quería cortar directamente con ella porque no tengo muchos contactos, pero…
Hola Susana,
Bueno, habría que profundizar un poquito más ahí, pero suele ayudar más decir “oye, me he sentido molesta con esto”. A veces esa persona te da una explicación que comprendes, o a veces simplemente no se había dado cuenta de que eso era importante para ti.
Las personas no somos perfectas, y está muy bien cuando podemos hablar de nuestras imperfecciones y ver si así podemos encontrarnos y entendernos…
Un abrazo grande,
Vanessa
A mí me da agobio no ir a un evento porque siento que, si no lo hago, un hombre se enfadará. No somos amigos, él sólo quiere que esté ahí. Creo que lo mejor es no ir, más que nada porque tengo obligaciones ese día, y así me demostraré que no tiene poder sobre mí.
Me da rabia haber sido manipulada, pero aprovecho para dar un consejo: no dejes que alguien que es pasivo-agresivo tenga actitudes de acercamiento físico contigo. Yo ya estaba decidida a cortar contacto con él, pero por desgracia me gustaba y como me empezó a coger de la muñeca y del brazo, consiguió que volviera a obsesionarme con él. Y lo pasé fatal.
Hola Ariel,
Se mezclan muchas cosas aquí…
Que te agobie que alguien se enfade por no querer ir a un sitio… Que el no ir lo hagas más para demostrarle algo a él que no tiene poder sobre ti que por que sea lo que tú realmente quieres… Que hubieran pasado cosas por las que estabas dispuesta a cortar el contacto con él pero su actitud y ese acercamiento físico hiciera que volvieras a obsesionarte…
Mucha tela. Por favor, cuídate.
Un abrazo,
Vanessa