El otro día le dije que no a un amigo.
Me preguntó si quería ir con él a hacer una ruta por la montaña el sábado siguiente, y le dije que no.
Y no era que yo no pudiera ir…
No había quedado con nadie para ese día ni tenía ningún compromiso ineludible.
Tan solo era que tenía planes conmigo misma…
Y que no me apetecía hacer una ruta con este calor.
Así que le dije que no.
A pesar de que él no tenía nadie más con quien ir…
Y me sentí un poco mal, como si le abandonara…
No es que tuviera pensamientos de machaque ni de autocrítica.
No entré en ese diálogo interno de antes, con el que me echaba a mí misma la culpa de todo…
Deberías estar ahí cuando un amigo te necesita.
El sí que está cuando le pides algo.
Después se vuelve a Madrid y no tiene más días para ir.
Luego te quejarás de que te quedas sola.
No, nada de esto apareció. Porque hace tiempo que ya no me hablo ni me trato así.
Pero sí sentí un halo de culpabilidad en el fondo de mí.
Muy sutil. Muy tenue. Casi imperceptible…
A pesar de sentirme orgullosa de lo que había hecho…
De haber sido honesta con él y conmigo…
De no haberme puesto la máscara de «la buenecita que dice que sí a todo»…
De no haber caído en la hiperexigencia de no poder pensar en mí si alguien me quiere o me necesita…
Y de estar cuidando de la relación mucho más que cuando hacía algo que no quería hacer y en otro momento reclamaba que esa persona hiciera lo mismo por mí…
A pesar de todo esto, en algún lugar de mí seguía sintiendo culpa.
Como si no lo estuviera haciendo bien…
La clave es que esta vez no dejé que esa culpa sepultara mi necesidad de decirle que no.
Porque recordé que diciéndole que no me estaba cuidando a mí misma.
Que si le hubiera dicho que sí me hubiera fallado.
Y también me habría quedado mal.
Mal conmigo, por fallarme.
Y seguramente también un poco resentida con él por estar haciendo algo que no quería hacer.
Ya ves, el pobre, que no es responsable ni de que yo diga que sí ni de que diga que no, también de alguna manera habría cargado con la culpa…
Porque, en caso de haberle dicho que sí sin sentirlo de verdad, se habría generado una deuda emocional que en otro momento habría explotado de alguna forma…
Y ese ya no es el tipo de relación que quiero en mi vida.
Ahora quiero algo más auténtico y real.
Y sé que llegar a eso pasa por ser capaz de seguir adelante con mi necesidad, a pesar de esa pequeña culpabilidad.
Y que hacerlo bien es justamente eso: cuando lo hago igual de bien para el otro y para nuestra relación que para mí…
Así que le dije que no y sostuve la culpa que eso me generó.
Y eso es lo más importante de esta historia…
Que no necesitas esperar a que la culpa desaparezca del todo para empezar a priorizarte o a darte lo que necesitas…
Porque sentir culpa, apunta esto bien, no quiere decir que estés haciendo algo mal.
(Y la prueba es que hay quien se siente culpable hasta de que una mosca sufra a su lado…
Y quien no se siente culpable ni cuando es él mismo quien genera ese sufrimiento a otra persona).
Y, por eso mismo, la culpa a veces hay que saber sostenerla.
Y decir “vale, me siento un poquito culpable, pero necesito hacer esto por mí”.
Y ya está.
Si tú estás de tu parte y no empiezas a machacarte, al rato la culpa se pasa.
Y punto.
Además, mi amigo respondió fenomenal, lo entendió y no le pareció mal. Así que, de paso, yo supe que estaba con un amigo que respeta mis límites. Y eso es muuuy guay.
Pero es que, aunque le hubiera dolido, sé que me lo habría podido decir, lo habríamos hablado y nos habríamos comprendido.
O, al menos, respetado…
Pues eso, que no tienes que esperar a dejar de sentirte culpable para poder decir que no.
Que puedes decirlo, sostener esa culpa y saber que lo estás haciendo por tu bien.
Y que eso también es bueno para la relación…
Y si esto te cuesta y sigues pensando que la culpa es algo malo que tienes que evitar a toda costa, el siguiente paso que puedes dar ahora es éste.


