Hay una cosa con la que no naciste.
No naciste sabiendo lo que era una relación de pareja.
Yo tampoco.
Porque la idea de lo que es una pareja no es algo con lo que se nazca, sino que se aprende.
Así que lo mismo puedes aprender que es un lugar de gritos o que es un lugar de abrazos, por ponerte dos ejemplos muy básicos.
Y, no sé tú, pero yo lo que aprendí fue de todo menos un amor sano…
Total, que a mis veinte me pensaba que eso iba de ser perfecta para la otra persona… De adaptarme a lo que él esperaba de mí, aunque yo no tuviera ni idea de qué era…
Por entonces, en realidad yo no elegia a mis parejas. Solo me obsesionaba con quien había puesto una pizca de atención en mi…
Después empecé a creer que una relación de pareja era un lugar de mucho esfuerzo.
Y que el éxito o fracaso de esa relación dependía solo de mí.
Así que elegia a personas ausentes. Y yo, venga a complacer, a ayudar, a darlo todo y a aceptar más de la cuenta y de lo que mi dignidad podía sostener…
Porque, si no lo hacía así, me sentía culpable a más no poder.
Lógico que me fuera tan mal durante muchos años, con semejantes ideas que tenía yo sobre lo que era una pareja…
Hasta que, después de muchos batacazos, entendí que una relación de pareja es como un baile…
Un baile en el que participamos los dos y en el que los movimientos han de irse acompasando, sin que ninguno se sobreadapte ni exija al otro…
Así, si mi pareja me trata de una forma que no me gusta y yo lo permito, ahora sé que estoy bailando a su ritmo y no estoy cuidando del mío….
O que, si yo no me muevo y solo me dejo llevar por sus pasos, en algún momento acabaré sintiendo que me pisa con sus movimientos…
Y, si entonces empiezo a señalarle a él y a quejarme y decir veinte veces lo mismo, me estoy quitando a mí misma mi parte de responsabilidad en ese baile…
Porque quedarme quieta, anular mis pasos y dejar que me lleven, también es una forma de bailar…
Vaya, que en la pareja no vale quitarse responsabilidades y esperar que baile el otro.
Ni tampoco creerme que la única que tiene que bailar soy yo.
Y, menos todavía, esperar que tú bailes a mi ritmo y no hacer nada por seguir el tuyo.
Mira, en una relación de pareja, solo cuando cada uno baila al paso que necesita, a la vez que respeta el baile del otro, puede ir viendo si los estilos se acompasan.
Y, a partir de ahí, saber qué hacer cuando nos pisamos para volver a retomar el ritmo…
Porque claro que en una pareja vamos a pisarnos en algún momento. Obvio.
Y si, por ejemplo, me siento invadida, en vez de culpar al otro de no tenerme en cuenta, puedo ver que tal vez tengo unas expectativas muy altas esperando que adivine lo que yo necesito.
Que soy yo la que no pido lo que quiero y no digo lo que me molesta, porque tiendo a evitar el conflicto y las conversaciones incómodas, y que así él no puede verme…
Es decir, que un buen baile digno de Fred Astaire y Ginger Rogers nunca es solo cosa de uno, como me pensaba yo antes.
Es cosa de dos.
Así que, ahora que yo también bailo y marco mi ritmo, bailar es muuucho más agradable.
Tú das un paso. Yo doy otro. Tú das uno. Yo doy otro…
Y, cuando nos pisamos, nos lo decimos, vemos qué está pasando y acordamos lo que necesitamos para recuperar el ritmo.
Te aseguro que así, encontrar un ritmo cómplice en el que los dos estemos a gusto, es mucho más sencillo y no requiere de tanta energía…
Y te diría que lo más curioso de aprender a bailar así en pareja es que, hasta que no te ves a ti y te atreves a ocupar tu lugar en ese baile, tampoco puedes de verdad ver al otro.
Porque antes el otro solo era el objeto que satisfacía tus necesidades de sentirte vista, querida, valorada, elegida, admirada…
Y, así, no hay baile que valga.
O, si acaso, uno de máscaras en el que nadie se está dejando ver de verdad…
De verdad que a veces alucino con que, en una relación de tanta intimidad como es la pareja, haya dos personas que nunca se han desnudado emocionalmente ante el otro.
No me muestro, no me ves…
No me veo, no te veo…
Yo me esfuerzo…
Tú no sigues mi ritmo…
La culpa es mía. O la culpa es tuya.
Y así, más que una pareja de baile, parecemos dos rivales peleando.
En cambio, en un buen baile el esfuerzo siempre es mutuo… Los pisotones son mutuos… Los descansos para retomar el ritmo son mutuos… La escucha es mutua… La vulnerabilidad es mutua…
Y las buenas intenciones y las ganas de acoplar los ritmos vienen de parte de los dos.
Así que, si con tu pareja siempre te acabas pisando y no hay manera de acompasar el ritmo, este curso es para que sepas qué hacer en esos casos.


