Cuando mi primera psicóloga me dio el diagnóstico, yo no tenía ni idea de qué era eso que supuestamente padecía.
Escrito en un papel, entre otros tecnicismos, ponía que yo tenía “indefensión aprendida”.
Entonces no supe a qué se refería.
Hasta que, poco a poco, entendí que, ante el abuso, a mí me habían enseñado a guardar silencio.
A no decir nada y a no protestar.
Y que por eso lloraba con tanta facilidad…
Porque el llanto era la única forma “permitida” para expresar que algo me estaba haciendo daño.
Así que, de jovenzuela, lloraba mucho y no me defendía nada.
Y de ahí aquel diagnóstico hace casi veinte años: indefensión aprendida.
Ahora sé bien qué significan esas dos palabras.
Y, además, es algo que me encuentro en muchas de las mujeres a las que acompaño y que se quedan bloqueadas ante un trato injusto o dañino.
Es decir, la indefensión aprendida significa que has aprendido a NO defenderte.
Pero ojo, porque, aunque lo pueda parecer, esto no es lo mismo que no haber aprendido a defenderte.
Hay una diferencia muy sutil…
Porque tú puedes no haber aprendido a defenderte, pero saber que podrías hacerlo.
En cambio, quien tiene indefensión aprendida, ha aprendido que NO puede defenderse.
Que no puede hacer nada ante el abuso, el maltrato o cualquier cosa que le dañe.
Que eso es lo que hay y que te tienes que resignar y soportarlo.
Y, así, es como quedas absolutamente sometida. Vendida. Sin poder hacer uso de tus recursos ni de tu dignidad.
Claro está que esto puede ocurrir por muchos motivos…
Ya sea porque, cuando alguien te hizo daño, directamente te dijeron “él es así y tú no puedes hacer nada”.
Ya sea porque viste a algún referente, tu madre o quien fuera, que no se defendía.
O porque, de pequeña, quien te trataba mal también era quien te tenía que proteger. Y entonces tú entiendes que el daño y el amor pueden venir de la misma persona.
Así que aprendes que no puedes defenderte de quien te hace daño, porque también es quien te quiere…
Pero las consecuencias de la indefensión aprendida no se quedan solo ahí, y también marcan la relación que tienes contigo misma.
Porque, cuando aprendes a no defenderte, esa rabia que no puedes expresar hacia el otro la vuelves contra ti.
Y, ¿sabes cómo se llama la rabia contra una misma?
Culpa.
Así que te culpas a ti por todo y te machacas mucho por lo que haces y dejas de hacer, sobre todo por cualquier cosa que ponga en peligro el vínculo con alguien.
Por eso, de esa indefensión aprendida, viene muchas veces el sentimiento de culpa con el que llegan a mí muchas de las mujeres con las que trabajo.
Por ejemplo, una que se juzgaba a sí misma cuando expresaba rabia ante un trato que consideraba injusto, porque en el fondo creía que no estaba bien defenderse.
Así que quería que yo la ayudara a decir “mejor” las cosas para que eso no le generara conflictos con su pareja.
Pero lo que en realidad pasó es que aprendió a legitimar su enfado y a poder expresarlo y defenderse, sin sentirse mal por ello.
Y así fue como se liberó de su indefensión aprendida.
Lo mismo que otra que tenía un jefe abusador al que odiaba con todas sus fuerzas, pero ante quien no ponía ningún límite.
Porque había aprendido que ante la autoridad había que obedecer y decir que sí a todo.
Hasta que comprendió que nadie, por mucho poder o por mucho carácter que tenga, tenía derecho a ponerse por encima de ella.
Y comenzó a defenderse de quien la trataba mal, jefe incluido.
Y un último ejemplo: otra clienta que de adolescente tenía una hermana muy problemática que les daba muchos disgustos a sus padres.
Así que, cuando su hermana se metía con ella, esta clienta aprendió que tenía que callarse y no decir nada.
Porque si su hermana se enfurecía más o terminaba rompiendo algo o yéndose de casa, la culpa sería suya.
Y eso mismo es lo que hacía en su vida cuando empezamos a trabajar juntas.
Por eso para ella fue tan liberador dejar de tener miedo a la respuesta de los demás y empezar a responder cuando no la trataban bien, sin sentirse culpable por ello.
Así que, si esto te ha resonado y te das cuenta de que tú también aprendiste a no defenderte…
Y que las consecuencias de aquello se repiten en tu vida en forma de culpa y dificultad para poner límites…
Espero que esto te haya servido para tener claro que es algo que puedes cambiar.
Que puedes aprender a defenderte, igual que lo han hecho estas mujeres y yo misma.
Porque hay diagnósticos que no son irreversibles.
Y tu dignidad como persona se merece que así sea.



Mi problema es que siento que a veces, me compensa más no defenderme que hacerlo… Una vez se rieron de mí una madre y una hija (empezó la madre, alucina con la gente). Le planté cara a la madre y me quedé hecha mierda. Me pasó en otra ocasión que una hija adolescente le susurró a su madre algo sobre mí. Y esta vez elegí no contestar porque no quería sentir que me violentaba respondiendo, ni perder los estribos. Pero me enfadó no haberme defendido. Así que no sé, no quiero estar pendiente de esta gente, pero si no me defiendo también me molesta.
Hola Raquel,
Al ser algo que ni siquiera sabes qué han dicho, que hasta podría ser algo positivo tipo “mira qué chica tan guapa”, está perfecto si no dices nada y simplemente lo dejas pasar. Como una carta que te llega y decides no abrirla.
Y si aun así quieres responder, prueba esto.
Un abrazo,
Vanessa