En 2003 un estudio de la neurocientífica Naomi Eisenberger demostró algo muy interesante para los que tenemos relaciones.
Resulta que pusieron a varias personas a jugar lanzándose una pelota.
A todos ellos se les estaba midiendo su actividad cerebral.
En un determinado momento, los jugadores compinchados dejaron de pasarle la pelota al que hacía de conejillo de indias.
¿Qué paso entonces? Se comprobó que a esa persona se le activaban las mismas zonas cerebrales que se activan cuando sentimos dolor físico.
Vaya, que el rechazo social, literalmente, duele.
Que tu cerebro no distingue cuando te quemas o te golpeas de cuando alguien te ignora o tarda mucho en responderte.
Para él, es lo mismo.
Por eso, cuando escribes a esa persona a la que estás conociendo y no te lee, o tarda en contestar, o está menos hablador o cariñoso de lo normal, el dolor que sientes es real.
Porque el mensaje que te está mandando tu cerebro es “peligro, podrías ser excluida”.
Así es como empieza la obsesión.
Y por eso no te calmas diciéndote que no pasa nada, porque para tu cuerpo sí está pasando algo.
Es decir, que no te enganchas ni te sientes fatal porque quieras. Es que tu cuerpo ha interpretado ese silencio o ese cambio de tono como rechazo.
Pero, que haya una explicación biológica, no quiere decir que no se pueda cambiar.
Es solo que no se cambia pensando que hay algo malo en ti o poniéndole mucha fuerza de voluntad.
De lo que se trata es de aprender a no perderte cuando esto pasa.
Y de que tengas herramientas para sostenerte cuando te vinculas con alguien.
Para que tu seguridad no dependa de que sepas ya lo que siente esa persona por ti o de que te conteste rápido a un mensaje.
Para eso he creado Controla la cabeza, no el chat.
No para que dejes de sentir cuando alguien te importa, sino para que dejes de necesitar a esa persona para poder sentirte tranquila y en calma.
Besos y sonrisas,
Vanessa
PD: Ahí no te enseño a ser paciente ni a controlar lo que va a pasar. Lo que enseño es otra cosa.


