Mira lo que me pasó el otro día, te servirá para llevarte mucho mejor con los demás.
Resulta que llamé para cancelar la cita que tenía en la peluquería.
Y, ¿sabes lo que me dijo la chica que cogió el teléfono?
-“Oye, muchísimas gracias por llamar”.
-“Ah, ¿pero es que hay gente que no llama?”, le contesté.
-“Buf, ¡ni te imaginas!”, respondió ella.
Esto es algo que a mí me alucina.
No puedo entender que alguien tenga una cita para un servicio y no llame para cancelarlo. A mí eso me parecería traspasar un límite muy feo.
Pero, claro, eso habla de mis límites.
Y a ti te alucinarán otras cosas. Y, esas, hablan de tus límites.
Porque tus límites no son iguales que los míos.
Si lo fueran, si todos tuviéramos los mismos límites, no habría gente que no llama para cancelar la cita en la peluquería.
Y está bien darnos cuenta de esto.
Y dejar de creer esa chorrada de que “hay que tratar a los demás como te gustaría que te traten a ti”.
¡¡¡Erroooor!!!
Porque tus límites no son los mismos que los de tu amiga. Ni que los de tu suegra. Ni siquiera que los de tu pareja.
Sí, yo antes también pensaba que lo que me molestaba a mí era lo mismo que les molestaba a los demás.
Pero llegaba un momento en que alguien hacía algo que me sentaba mal y yo creía que no podía enfadarme por eso, porque “mi amiga Pepita no se enfada por esas cosas. ¡Qué susceptible soy!”. Así que me callaba y no decía nada.
O, también, estaba todo el rato pendiente de no hacer algo que pudiera molestar a otra persona, basándome en lo que me molestaba a mí.
¿Qué pasaba? Que vivía reprimida y en tensión. Dudando todo el rato de si estaba bien que algo me molestara o de si algo que yo hacía podía molestarle al otro.
Hasta que me di cuenta de que eso de poner límites NO funciona así.
De que, para llevarme bien con los demás, no necesito adivinar lo que le puede molestar a alguien.
Y de que, para defenderme o expresar lo que me ha hecho daño, no hace falta que a la otra persona eso mismo también le hubiera sentado mal.
Que ya no tenía que estar todo el rato aguantándome lo mío o yendo de puntillas para no molestar a nadie.
Que hay una forma mucho más sencilla y efectiva de poner límites y de no saltarte los límites de los demás.
Y, lo mejor de todo, sin tensiones, sin grandes conflictos y sin pasarlo mal en el camino.
Eso es lo que te enseño a hacer en mi curso LÍMITES.
Nuria, una de las mujeres que ya ha hecho este curso, me contaba que “antes no sabía expresar que algo me había sentado mal porque ni siquiera era capaz de reconocer que tenía derecho a que eso me sentara mal. Ahora no solo lo escucho y lo reconozco, sino que además lo digo, me quedo a gusto y sé manejarlo para que eso no estropee la relación. ¡Es tan fácil cuando sabes cómo se hace!”.
Sí, estoy de acuerdo con Nuria. Es muy fácil cuando sabes cómo se hace.
Si tú también quieres aprender, lo puedes hacer por 3,60 euros al día durante los cinco meses que dura el curso.
¿Un café con un churro? No. Mucho mejor un sentirte segura para decir lo que te pasa sin que nadie te tome por tonta ni crea que te has pasado de lista.
Para saber encontrar el punto justo entre lo tuyo y lo del otro y tener relaciones que fluyan con facilidad, es AQUÍ.
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