Estar presente no es lo que nos han contado.
Y, precisamente por eso, no se consigue a base de chupitos de mindfulness o haciendo cinco respiraciones conscientes antes de salir pitando a la oficina.
Mira, hace poco estaba dando mi paseo diario por el monte con los perros.
Pero, sin yo saberlo, ese iba a ser un paseo muy diferente al de cada día…
Primero me encontré a una mujer de la zona, me paré a hablar con ella y seguimos dando el paseo juntas. Me pareció encantadora y tuvimos una conversación muy interesante sobre la vida, lo que es vivirla bien y los miedos que a veces nos lo impiden.
Entre medias hablamos con unos chicos franceses que estaban recorriendo el norte en furgoneta. Y nos invitaron a un té super rico, ahí rodeados de montañas. Y las dos nos echamos unas risas con sus aventuras perdidos en medio de la nada.
Y, al volver, vimos pasar una manada de corzos. Y nos quedamos ahí mirando, embelesadas y en silencio, la belleza de la naturaleza.
Total, que me volví a casa con la sensación de que había sido un paseo muy especial.
Y, entonces, recordé cuando en el pasado yo no sabía dar paseos como ese.
Antes iba siempre corriendo a todas partes, como si llevara un petardo en el culo porque alguien iba a evaluar mi rendimiento al final del día.
No sabía parar y dejarme llevar por lo que me deparara un encuentro y una conversación improvisada…
Mi mente era un torbellino imparable de tareas y obligaciones.
“Porque tengo que hacer esto. Y después tengo que hacer lo otro. Y que no se me olvide aquello. Y contestar ese mensaje. Y escribir a esa persona. Y llamar a ese sitio…
Y que tengo que tachar quinientas cosas en un día. Y, si puede ser una más, mejor. Check. Check. Check. Sin parar ni un instante”.
Vivía en el “tanto como sea capaz”. Siempre al límite. Cuanto más cumpliera con todo y con todos, mucho mejor.
¿Mejor para quién? Para mi ego, pero no para mí.
Porque mi ego se alimentaba de esa sensación de ir con la lengua fuera y un cronómetro colgando para poder sentirse útil y válido.
Y, así, era imposible que yo estuviera presente en alguna parte.
Por eso te digo que estar presente no es lo que nos han contado.
Que, con estar presente, me refiero a que en tu vida haya espacio.
Espacio para improvisar, para pararte, para mirar, para que pueda surgir un momento mágico en medio de la nada…
Cuando todo está atado y planificado, cuando todo es control y cumplir exigencias, no hay hueco para que te pasen cosas bonitas.
No hay lugar para el amor… No hay lugar para el cuidado… No hay lugar para la ternura… No hay lugar para la espontaneidad…
Claro, con razón antes no entendía por qué a otras personas les pasaban cosas mágicas, de esas que te dejan boquiabierta, y mi vida era mucho más común y rutinaria…
No me daba cuenta de que yo misma, con tantas prisas, tantas listas y tantas exigencias, no dejaba espacio para la magia.
Y ahora sí lo hay, porque ahora sí lo dejo.
Y ahora sí me pasan esas cosas que antes les pasaban a otros…
Por eso, este 2026, te deseo que le dejes espacio a la vida, a la magia y a la presencia.
Que recuerdes el paseo del que te he hablado y puedas encontrar momentos para ir sin prisa, para abrirte a que te pasen cosas y a que la vida te sorprenda…
Todo el mundo habla de estar presente, pero para mí estar presente es esto.
El ir con tiempo a las cosas para poder improvisar.
El dejarte caminar ligera porque, a donde llegues, estará bien.
El tener espacio para disfrutar de lo que te va pasando porque tú misma te has dado espacio para que te pase.
Por un nuevo año en el que aprendas a vivir de otra manera, más liviana, más en paz, más contigo…
Besos, sonrisas y muy feliz 2026,
Vanessa
PD: Si este 2026 quieres empezar a tratarte con menos prisa y menos exigencia, y sentirte sostenida en ese proceso, puedes rellenar el formulario para trabajar conmigo. Aquí, con calma.


