Mira,
Cuando necesitas decirle algo a alguien y te lo callas, el principal problema no suele ser que no sepas qué decir.
Más bien es otra cosa.
Y hablándote de la gotera que tengo en el techo del baño lo vas a entender de maravilla.
El otro día vino a verla el del seguro de los vecinos, y me lo dejo claro clarísimo.
“Ni te molestes en pintar eso. Hasta que no se vea si la ducha de los de arriba sigue filtrando, te va a dar igual pintar que no pintar”.
Y pensé “j0der, es lo mismo que con lo de decir las cosas”.
Porque si alguien te ataca, te critica o hace algo que te sienta mal…
Y tú tienes miedo al rechazo…
Te va a dar igual saber exactamente qué decir, cómo y cuándo, ¡que NO lo vas a decir!
Y no lo vas a decir y te vas a quedar bloqueada porque el miedo al rechazo va a pesar mucho más que la necesidad de poner un límite.
Y seguro que se te ocurre algún ejemplo tuyo en el que te ha pasado esto…
Véase que tu padre te hace una crítica y tú no sientes simplemente que te está criticando. Sientes que no vales.
O que una amiga te deja de lado para hacer otro plan y tú no sientes simplemente que te está excluyendo. Sientes que no eres suficientemente buena para que te tengan en cuenta.
O que tu pareja se muestra poco comunicativo y tú no piensas solamente que hoy está distante. Te preguntas qué has hecho que le pueda haber molestado, y hasta te sientes culpable.
Claro, aquí es cuando expresarte ante esa persona desde tu parte más adulta y asertiva se vuelve misión imposible.
Porque toda tu urgencia está en demostrar que vales, en conseguir que no te rechacen o en evitar que se enfaden contigo.
Y desde ahí, con esa herida en carne viva, es muy complicado que le pongas un límite con calma, dignidad y respeto a nadie.
Ni a tu padre, ni a tu amiga ni a la vecina del sexto.
Es igual que con la gotera.
Que la chicha (y la solución) no está en lo que se ve a simple vista.
Por eso llegar a sentirte segura y tranquila para decir que esto te ha molestado, o que no estás de acuerdo con aquello, o que lo otro te ha hecho daño… empieza mucho antes de que te pase algo con alguien.
Porque cuando la herida ya está sangrando cuesta mucho ver más allá de ella.
Y, entonces, es lógico que te sientas como una niña pequeña incapaz de razonar…
O que digas algo de lo que después te arrepientas…
O que te sientas tan mal que termines llorando en un rincón y después te des cuenta de que tu reacción fue desproporcionada (veo a muchas mujeres que se machacan cada vez que les pasa esto)…
Claro, porque en esos momentos es como si el malestar emocional provocado por esa herida te tuviera poseída (treinta años de mi vida me pasé en ese bucle, así que me lo conozco bien).
Y por eso, si tú esperas algo de tu hermana, ella no lo cumple y tú te sientes rechazada, es lógico que te cueste mucho expresarle cómo te estás sintiendo.
Y que si le escribes a tu madre para decirle que has hecho lo que te pidió, no te responde nada y a ti se te activa la herida de que para tu madre nada es suficiente, es lógico que te bloquees.
Y que si te molesta un comentario de un compañero de trabajo y tu herida te hace pensar que lo ha dicho para fastidiarte, es lógico que pierdas tu centro.
Porque cuando algo te toca una herida de rechazo, tu capacidad de gestionar esa situación desaparece.
Y va a dar igual que hagas veinte respiraciones profundas, que bailes una jota o que pares el tiempo como en aquella serie ochentera que me encantaba…
Porque la herida de rechazo, cuando todavía no se ha curado, es como que te tiene encerrada entre cuatro paredes. Sin poder moverte, sin poder hablar.
Por un lado, te tomas lo que hacen los demás muy a pecho y te sientes rechazada con facilidad.
Por otro, cuando algo te duele, no eres capaz de decir nada por miedo a que esa persona te rechace.
Y, por otro, te cuesta mucho poner un límite si eso puede hacer que el otro se sienta rechazado por ti…
Esto es vivir esclava de la herida de rechazo.
Por eso lo de poner límites no tiene que ver con aprenderse fórmulas como un papagallo.
Y antes hace falta ver qué te pasa por dentro cuando alguien dice o hace algo que te duele.
E ir sanando heridas, culpas y miedos mucho más profundos que ahora hacen que te pierdas y que, a pesar de necesitarlo, no llegues a decir nada o digas demasiado….
Solo entonces, cuando sanas esa herida, te empieza a resultar fácil defenderte y que las palabras te salgan solas.
Porque ya no necesitas demostrar tu valor ni conseguir que esa persona te de la razón. Tan solo necesitas hacerte valer.
Y ahora mismo no te voy a contar cómo sanar esa herida porque tengo todo cerrado. Lista de espera en los programas individuales hasta enero y ningún grupo abierto ahora mismo.
Pero el próximo jueves sí. El próximo jueves te voy a contar algo nuevo y muy guapo que, si te ha resonado lo que has leído hasta aquí, es probable que te interese.
Matizando detalles y muertita de ganas de enseñártelo.


